martes, 5 de febrero de 2013

Los españoles y los estadistas: "yo no me fío"


"En esta vida, existen mentiras, grandes mentiras y estadísticas" - Frase erróneamente atribuída a Mark Twain

"Mucha gente preferiría morir antes que pensar. De hecho, lo hacen" - Bertrand Russell

"No dejes que la realidad te estropee tu ideología" - Yo mismo.


A veces, cuando hablo en el bar con los parroquianos habituales, es común oír el lamento por la falta de liderazgo de nuestros dirigentes. "Nos faltan buenos políticos", "no hay liderazgo", "hace falta alguien con pelotas", "necesitamos que nuestros políticos sean gente preparada" son frases comunes que más de uno ha oído a medida que la crisis arrecia. Sin embargo, yo me quedo con una menos común, pero que viene a sintetizar a todas las anteriores: "necesitamos un estadista". Quedé encantado a la vez que sorprendido. Porque en efecto, España necesita un estadista como la copa de un pino para sacarnos de este enmierdé. Alguien con formación que sepa qué coño está haciendo, que mire más allá de las próximas elecciones y que se centre en proponer soluciones pragmáticas concretas a problemas concretos a favor del bien general sin entender de partidismos. Sin embargo, también creo lo mismo que le respondí a mi interlocutor cuando sacó esa bendita palabra: "los españoles ODIARÍAMOS que nos gobernara un estadista. Le echaríamos a patadas. Siempre nos han gustado ser gobernados por golfos e imbéciles guiados por la víscera como Fernando VII el deseado". Mi interlocutor se acaloró, claro, y achacó mi posición a ese autodesprecio tan propio de los españoles. Sí, puede que sea pesimista, y que sea muy propenso a desestimar la inteligencia política de mis conciudadanos (o a sobrevalorar su imbecilidad política), pero parémonos detenidamente a plantearnos este tema, que tiene su enjundia.

Belicista, y encima gordo ¡BUUUUH!





Para empezar, analicemos el significado de "estadista". La palabra viene de "estadística". La idea es que un político se guía por su ideología, cuando no por sus prejuicios personales y encuestas de opinión. Un estadista, por contra, se guía, válgame la redundancia, por las estadísticas. Es decir, antes de tomar una decisión, estudia la realidad del tema sobre el que va a legislar de manera racional y objetiva, recopilando datos y números tanto de la situación actual como de los efectos de sus medidas y políticas. O en resumidas cuentas: se basa en la realidad para encontrar soluciones. Y ahí es cuando los españoles chocamos con el estadista: ¿qué leches es eso de "la realidad"? ¿No habíamos quedado en que todo es relativo y en que la política es ideología pura, eh? Ya saben, machacar al contrario y demostrar que "los tuyo"s tienen razón y "los otros" se equivocan, lo mejor para inflar tu ego, vaya. ¿Qué es eso de preocuparse porque los trenes lleguen a su hora? Eso es pa tecnócratas fríos y sin corazón, hombre. Porque reconozcámoslo, las distintas posturas ideológicas en España no parten, como en el resto de los países, de una diferencia de opinión sobre qué solución aplicar a un problema concreto. En España según a quien votes o preguntes, vives en un país con problemas radicalmente distintos. La España del votante de IU es un planeta en una dimensión paralela a la España del votante del PP, no hablemos ya si metemos en la ecuación a los partidos nacionalistas y a UPyD.

Así pues, como decía Ortega y Gasset, lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. No hay el más mínimo consenso sobre prácticamente nada. Cuando el relativismo post-moderno a ultranza se alía con la ideología política y el hooliganismo, no hay argumento racional que valga: todo es discutible y todo es válido. Así pues, España es un lugar donde hay demasiados funcionarios y donde al mismo tiempo faltan funcionarios, donde hay impuestos salvajes y nadie paga impuestos, donde hay un capitalismo salvaje y un intervencionismo estatal axfisiante, done se está adelgazando el estado a la mínima expresión al mismo tiempo que se infla, donde hay un centralismo españolista salvaje y al mismo tiempo España se rompe, y, en definitiva, donde todo el mundo tiene razón para que así creamos ser expertos en política sin serlo, aunque sea a expensas de nuestro bienestar y futuro.

Y es que reconozcámoslo, a los españoles eso de los hechos y los datos objetivos no nos gusta. Nunca nos hemos fiado de las estadísticas, porque "manipulan" o se pueden manipular. Lo cual es de risa: los mismos que critican el oscurantismo y la irracionalidad de creencias como el creacionismo o la astrología son los mismos que luego no dan dos duros por el único instrumento científico a disposición del gobernante. Un instrumento que no es infalible y que, en efecto, puede manipularse (como todo lo relacionado con la política) pero entonces ¿de qué nos valemos a la hora de diagnosticar los problemas del país si no es con la estadística? ¿De mi corazonada? ¿De mis tripas? ¿De lo que me cuentan mis amigos? ¿Tiramos tabas de hueso al aire y observamos como caen al suelo? Pues sí, señores. Españoles supuestamente racionales, algunos incluso ateos, sostienen sin ningún atisbo de disonancia cognitiva ni rubor que oye, que a la mierda eso de intentar comprender la realidad socioeconómica de un país a través del método científico.

Sin embargo, no se trata simplemente de creer o no en la ciencia. Se trata de una actitud vital más profunda y pueril. Se trata de que no nos gusta que nos contradigan. Nos jode el orgullo. Y en España puede que no quepa un sólo idiota más, pero si alguien introduce una gota microscópica de ego adicional en el país, es posible que esto reviente en mil pedazos. Llamémoslo por su nombre: es ego. EGO. Puro y sin adulterar. Para no ir viendo la paja en el ojo ajeno, pondré como ejemplo una creencia propia que se demostró como errónea.

Durante mi periodo universitario, sostuve la siguiente teoría en clase de sociología: que la inmigración aumentaba la delincuencia y que seguramente se debería a que determinadas culturas eran más comprensivas con el crimen que la nuestra. Al fin y al cabo, era algo que observaba de primera mano (¿quién no conoce a alguien o tiene a un amigo de un amigo que fue asaltado o robado por algún extranjero?), y había ciertas cifras que parecían corroborarlo: no en vano los inmigrantes tenían una sobrerrepresentación desproporcionada en nuestras cárceles. Y más importante aún: encajaba con mis prejuicios. Digámoslo claro. Así pues, enfoqué el estudio y las cifras como los españoles enfocan las estadísticas: como un ejercicio de masturbación intelectual para demostrar que tú tienes razón y el resto no. Aquello iba a ser un paseo militar culminado por un baño de autosuficiencia y superioridad moral ¿No? Pues no.

Y es que había un pequeño problema: que era un trabajo universitario que requería de un estudio exhaustivo y pensamiento crítico. Y el pensamiento crítico, señores, consiste en poner en tela de juicio tus propias creencias, no las de los demás. Comencé mi estudio y oh, sorpresa y maravilla, resulta que a la realidad le importaba una mierda mi ideología. Oh. Oh. En efecto, los inmigrantes poblaban más las cárceles que los españoles, por una sencilla razón: el perfil del criminal >universal< es el de varón joven de clase baja. Aquí en España y en Pekin, los delitos no los cometen las abuelitas con pensión y chalet en Benidorm, si no los chavalines con poca educación e ingresos. Y sorpresa ¿adivinan quien aporta a la mayor parte de los jóvenes de clase baja en nuestro país? Pista: los españoles pocos jóvenes aportamos con esto de no tener hijos. Más áun: crucé y comparé los datos y resultaba que aunque en números totales había muchos más extranjeros delinquiendo que españoles, resulta que si nos ateníamos a los porcentajes respecto a cada una de las poblaciones, los jóvenes inmigrantes por norma general tenían incluso menos propensión a cometer crímenes que nuestros adolescentes autóctonos por lo que ¿Dónde dejaba todo eso a mi teoría y mi ideología? En su legítimo lugar: en la puta mierda que eran. Me las comí con patatas y declaré públicamente cuando expuse mi trabajo, que mi premisa era incorrecta y me había equivocado. Pero en el proceso de reconocer mi error había descubierto multitud de posibles soluciones a la hora de enfocar los retos de la inmigración: de hacerse de manera incontrolada, provocaba, en efecto, un aumento de la delincuencia. Pero dicho efecto no era debido a ningún tipo de "superioridad cultural", si no a que introducías a una población más jóven y pobre en la población local, y eso iba a  generar problemas lógicamente.

Y oye ¿no tendríamos que echarle un ojo a nuestros propios jóvenes autóctonos, más problemáticos que los inmigrantes si nos ateníamos a su cuota de delitos respecto a su número? La estadística no sólo permite solucionar un problema, si no más importante aún: IDENTIFICAR el problema.

Y es aquí donde entra la tragedia de los españoles y nuestro maldito ego. No queremos que nos apeen de la burra. No queremos que la realidad, que no entiende de ideologías, contradiga nuestras creencias y prejuicios personales, no vaya a ser que nos quiten la razón, y eso sería el puto fin del mundo. La conversación que me convenció de que los españoles estábamos condenados a recibir a pedradas a cualquier estadista o gobernante competente tuvo que ver exactamente con eso mismo. Hablábamos del pacto fiscal vasco y su reclamación por parte de Cataluña y denuncia de un expolio fiscal sistemático. Él era canario, y argumentaba que si se lo habían  concedido al País Vasco, por qué no también a Cataluña. Yo argumenté que por una simple cuestión de tamaño: un pacto fiscal consiste en esencia, en aportar menos dinero a la caja común. Y que si al final todas las comunidades hacían eso, el estado acabaría arruinado, sobre todo si lo hacía una comunidad con un peso económico tan grande como Cataluña. Que era imposible de implementar, por mucho que hubiera un agravio comparativo entre ambas o el resto de España. "¿Ya, y eso quien lo dice?" preguntó. "El BOE" respondí. "Ahí se publican las cuentas del estado. Si le restas los costes de ese hipotético pacto fiscal, nuestro estado no se sostendría". Me miró con los ojos extraviados, como si estuviera viendo la pared del fondo. "Eso no es verdad. El BOE es todo mentira." Pues nada, asunto resuelto: el BOE es mentira. Ni si quiera llegamos a calcular el coste para las arcas del estado de otro pacto fiscal adicional, no hacía falta: ya tengo una opinión, gracias. Si la estadística o los datos la contradice, debe ser mentira. Bonus track: creer que el pensamiento crítico y el escepticismo consisten en poner en tela de juicio todo dato que atente contra tu cosmovisión del mundo.

Mi interlocutor no era mala persona. Tampoco era ningún imbécil. Simplemente, era... un español opinando de política. Es decir, reduciéndolo todo a mera opinión. Porque ¿quién se va a fiar de las estadísticas, no? Porque yo no. Entre otras cosas, porque no las conozco, y Dios me libre de informarme sobre ningún tema. En cuanto a los problemas de España, yo creo que todos tienen que ver con la proliferación de Reggetoneros gitanos. Si se prohibiera el Reggeton entre gitanos, sin duda alguna salíamos de la crisis. Al fin y al cabo, es mi opinión y la realidad no va a cambiarla. Eso sí, nos vamos a la mierda en una cesta. Y todavía no sabemos por qué. Ni queremos saberlo, oigan.


PD: Entonces ¿Cuál es la realidad de España? Próximo artículo del blog. No se lo pierdan amigos.

4 comentarios:

Arthegarn el Peregrino dijo...

No es por hacer sangre, pero ya estuvimos una vez hace poco gobernados por un estadista: José María Aznar. Y nos fue muy bien pero, aunque supo quitarse rápidamente de en medio, hoy en día es odiado por las dos terceras partes de los españoles. Consolémonos en ese 30% que queda…

Ikael dijo...

Aznar actúo como un estadista durante su primera legislatura, para tirar al monte en la segunda con su guerrita en Asia menor y nombramiento de Rajoy como sucesor (mira que se lució el hombre). Aún así, es un titán comparado con nuestros gobernantes actuales.

Anónimo dijo...

Antes de confiar ciegamente en un estadista deberíamos esforzarnos por educar a nuestra sociedad.

Mucho me temo que con la ignorancia que hay en este país lo que diga "la mayoría" poco tendrá que ver con lo que realmente necesita este país. ¡Educación! ¡Educación! ¡Educación!

Ikael dijo...

Por lo menos en eso estamos de acuerdo: necesitamos reformar con urgencia nuestro sistema educativo. Ahora bien: ¿Cómo? ¿Necesitamos ser más estrictos o más comprensivos con nuestros hijos? ¿Más horas de clase o menos? ¿Más idiomas en las aulas o idioma único? ¿Más clases prácticas o más teóricas? ¿Con enfoque hacia el mundo laboral o académico? ¿Itinerario único o múltiple?...

Como puedes ver, mi anónimo amigo, el penoso estado de nuestra educacióntiene mucho que ver con parir sistemas educativos moviéndonos por la ideología y la víscera en vez de la estadística y los datos en frío. Y bueno, esperate porque en su momento el PSOE defendió que no había ningún problema educativo y que todo se debía a la "herencia recibida"... de Franco.

Poco vamos a avanzar así.

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